El TEA es un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por dificultades en la interacción social y la comunicación, así como por comportamientos e intereses repetitivos, presentes desde la primera infancia. Fue descrito por primera vez en 1943, pero durante décadas se consideró una condición rara. A partir de los años 70 y 80, los diagnósticos comenzaron a aumentar gracias a los cambios en los criterios clínicos y a una mayor concienciación pública.
Actualmente se estima que alrededor del 0,77 % de los niños del mundo tienen TEA (aproximadamente 1 de cada 130). En Estados Unidos la prevalencia alcanza el 2,8 % de niños de 8 años, seguido de países europeos como Suecia (~3,6 %) y Australia. Otros países como Japón (1,34 %) y Corea del Sur (~1,28 %) también muestran tasas significativas.
El TEA se diagnostica más en niños que en niñas (aprox. 3:1). El primer indicador suele darse hacia los 2-3 años, aunque con cribados puede identificarse antes. La prevalencia en adultos es menor, ya que muchos casos leves no fueron detectados durante su crecimiento.
No existe una cura única para el TEA, por lo que el manejo es multidisciplinar. Las terapias conductuales y educativas tempranas (ABA, Modelo Denver) son fundamentales: mejoran la comunicación, la interacción social y la independencia. La detección y el tratamiento tempranos mejoran significativamente el pronóstico.
El diagnóstico genera una alta carga emocional y financiera. Las familias se enfrentan a horarios complejos, adaptaciones escolares y atención continua. El apoyo externo —grupos de apoyo y formación para padres— es clave para mejorar el entorno familiar.